Monsiváis Carrillo: En la niebla de la guerra. Los ciudadanos ante la violencia criminal organizada, Andreas Schedler


En la niebla de la guerra, de Andreas Schedler, tiene la inquietante virtud de revelar las dificultades que encuentra la ciudadanía para responder de forma solidaria y responsable a la opaca complejidad de la violencia organizada en México. De particular interés para los especialistas en estudios de seguridad, violencia, Estado de derecho, comportamiento político o procesos de democratización, En la niebla de la guerra también está dirigido a un público más amplio. Se trata de una obra que ofrece un planteamiento convincente para entender la violencia organizada en México y, al mismo tiempo, coloca un revelador espejo frente a la condición ciudadana en el país. Aportando al debate público un léxico certero y claro para discutir acerca de la narcoviolencia, es también una invitación a reflexionar acerca de cómo se construyen los vínculos de solidaridad y responsabilidad en la sociedad mexicana.

El punto de partida es la premisa de que la opinión pública y la ciudadanía importan en una democracia. México no es una dictadura que sea responsable del asesinato de 95 000 personas en los últimos tres lustros. Es una democracia, como señala el autor, deficiente y decepcionante, que ha sido escenario de la muerte violenta de miles de personas cada año, muchas de ellas víctimas de una crueldad inusitada y vejatoria. Sin embargo, la propia opacidad de la lógica de la violencia organizada, en lugar de suscitar una reacción generalizada y sostenida de indignación y solidaridad, ha dejado a la ciudadanía atrapada entre la parálisis y episodios ocasionales de movilización.

De una manera ágil y transparente, pero a la vez precisa e incisiva, esta obra contribuye a disipar esa niebla oscura y densa que envuelve a los mecanismos de "normalización de la violencia y la pasividad ciudadana hacia ella" (p. 14). La clave del análisis es la tesis de que la violencia criminal organizada en México es la expresión de una guerra civil económica. Una guerra civil envuelta en una niebla que hace de la violencia un fenómeno difícil de nombrar y de asir. Schedler sostiene que la guerra que padece México es un conflicto en el que las fronteras entre el mundo criminal y las esferas de la sociedad civil y el Estado se pierden entre la bruma (pp. 28-30). La metáfora empleada de la niebla de la guerra es certera y especialmente apta para designar la densa opacidad de las relaciones de cooperación, mismas que van más allá de los grupos criminales. La violencia en México es un fenómeno cuyas redes de letal oportunismo se extienden por igual entre funcionarios públicos, políticos profesionales y ciudadanos comunes.

La idea de que México se encuentra en una guerra civil económica no es simplemente un recurso retórico o una proclama extraída de alguna protesta social, sino que se trata de un argumento que recibe un fundamento conceptual, empírico, teórico e incluso político (pp.45-52). El criterio básico es inequívoco: hay una guerra civil cuando las confrontaciones entre grupos armados en el interior de un país causan al menos 1 000 muertes al año. México rebasó ese umbral, por lo menos, desde 2000, cuando comenzó el registro confiable de muertes violentas (pp.51-52).

Sobre esta base, el primer capítulo proporciona un clarificador análisis de la violencia. Este análisis contribuye a llenar el vacío conceptual que se ha abierto ante este fenómeno. El hecho de que el lenguaje del mundo criminal sea el que dota de sentido a las expresiones de la violencia es un claro síntoma de la debilidad del Estado de derecho en el país, y los términos que le dan significado a tales acontecimientos no provienen del discurso legal ni de la certeza jurídica; provienen de un mundo en el que se habla de cárteles, capos, sicarios, ejecuciones, levantamientos, casas de seguridad, descabezados y colgados, entre muchos otros temas. Así, "absorbiendo este universo de eufemismos y falsos tecnicismos, hemos creado un mundo donde la violencia es un fenómeno delimitado, comprensible, esperable" (p.15).

Uno de los planteamientos centrales de esta parte sostiene que, a diferencia de las guerras civiles políticas, la guerra civil económica carece de una confrontación ideológica. No es la reivindicación de agravios o injusticias lo que causa el conflicto, sino una guerra motivada esencialmente por la avaricia, el interés monetario y el control de la plaza. No se trata de una insurrección armada en contra de algún grupo dominante, sino de -sobre todo- una guerra predatoria que defiende privilegios de muy distinto tipo, consecuencia de la competencia al ampliar mercados ilícitos.

Este planteamiento contribuye a desmontar la narrativa que sugiere que las víctimas de la guerra son producto de ejecuciones entre grupos rivales -clave en la estrategia de combate al crimen, desplegada por la administración de Felipe Calderón- y asume que las organizaciones criminales son capaces de detectar a quienes violan sus códigos informales, e impartir una justicia implacable y cruelmente ejemplar. De manera desafortunada, la problemática real desborda los márgenes de este discurso. En la niebla de la guerra, los criminales no dirigen sus ataques sólo a sus colaboradores y competidores, la violencia también puede ser empleada por criminales al servicio del poder público, o ciudadanos que contratan profesionales para resolver sus conflictos privados. Cuando la violencia es indistintamente selectiva, indiscriminada o aleatoria, cualquiera puede ser víctima o victimario (p.66).

Esta situación coloca a México como el caso de un sistema político en el cual la guerra civil se ha desplegado paralelamente al desarrollo democrático del país, cuyas causas pueden ser sociales, culturales, políticas o económicas, pero que ha generado simultáneamente mecanismos endógenos de reproducción, dinámicas que se "independizan" de su origen y que se convierten "en una fuerza causal de peso propio y lógica propia" (pp.77-81). Es una guerra que ha perjudicado la calidad de la democracia mexicana, pero que se ha visto influida a la vez por los procesos políticos del régimen. Hay que preguntarse, por lo tanto, cuál es la posición de la ciudadanía con respecto a la violencia criminal. Los ciudadanos, "estén donde estén, hagan lo que hagan, no son ajenos al conflicto. Si el Estado falla o los partidos fallan o la democracia falla: es su Estado, son sus partidos, es su democracia" (p.84).

El trabajo indaga, entonces, en cómo se orienta la ciudadanía en la niebla de la guerra, y la principal fuente de información utilizada es la Encuesta Nacional de Violencia Organizada (ENVO); una encuesta original en su concepción que contiene una amplia variedad de reactivos sugerentes y heurísticamente relevantes. El análisis abarca cuatro temas generales que se exponen en sus respectivos capítulos: el diagnóstico ciudadano de la violencia; las percepciones acerca de los perpetradores -los grupos criminales armados; juicios acerca de las víctimas; las actitudes hacia el Estado, el aparato de seguridad y sistema de justicia- y las posiciones respecto a las acciones de la sociedad civil y los movimientos de víctimas.

Las principales conclusiones del estudio quedan sintetizadas en la cadena explicativa que se discute en el capítulo final: responsabilidades difusas, información escasa y una solidaridad apagada, producen intervenciones bloqueadas. El argumento es claro: la violencia organizada hace estructuralmente difícil que los espectadores pasivos se conviertan en actores solidarios. Dicho de otra forma, la guerra civil mexicana se caracteriza por "realidades objetivas" y "representaciones discursivas" que "han llegado a paralizar la solidaridad ciudadana hacia las víctimas" (p.223). Por un lado, "la opacidad de la guerra y la criminalización de las víctimas han secado la fuente moral de la solidaridad: la indignación ciudadana ante la injusticia". Por otra parte, "la difusión de responsabilidades y el desamparo de los ciudadanos ante el crimen y el Estado han dañado los fundamentos prácticos de la solidaridad: la posibilidad de intervenciones ciudadanas mínimamente efectivas y mínimamente seguras" (p.223).

El análisis también muestra que las creencias y actitudes en torno a la violencia no se ven afectadas por divisiones ideológicas, color de la piel, nivel educativo o clase social de los mexicanos. Schedler considera que estas circunstancias facilitan el reconocimiento de la violencia como un problema común, son la señal de que está abierta la posibilidad de deliberar colectivamente acerca de cómo trascender la guerra. En un contexto de solidaridad apagada e intervenciones bloqueadas, esta posibilidad obliga a formular preguntas tan básicas como sustantivas, para las que el país no tiene respuestas claras todavía: "¿Cómo nos concebimos como sociedad? ¿Cuáles son nuestros estándares, nuestras expectativas mutuas? ¿Cómo concebimos nuestra comunidad política nacional? ¿Qué hacemos con el hecho de que los malos son ciudadanos mexicanos también? ¿Con que ni el crimen organizado ni el Estado son fuerzas de ocupación extranjera, sino productos y partes de nuestra sociedad? ¿Quiénes somos entonces? ¿Quiénes queremos ser?" (p.230).



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